lunes, 17 de junio de 2019

Paulo y Ana, enmienda I.


Paulo se levantó aturdido y agitado. Al despertar, no quedaba nadie en el piso. Tan solo una nota y un manojo de llaves que ahora sostiene en las manos. Ana necesitaba respuestas y, ante su mutismo, se había vuelto al hotel a media noche.
No fue capaz de retenerla. Le rompió el corazón verla partir en silencio, sin hacer ruido, sin montar ninguna escena. Las lágrimas brotaban de su mirada tierna y desesperada de forma natural, apenas podríamos llamarle llanto. Ese respeto y esa dignidad de quien ama con toda el alma lo desarmaba. Le dejaba sin palabras. No había sido capaz de decirle nada de lo que sentía, ni de abrazarla, ni de decirle que se quedara con él para siempre. Él sabía que no podía pedírselo, porque estaba seguro de que ella se quedaría. El deber termina llamando siempre, de forma muy intensa, y la razón se impone aunque pese más es el corazón. Él tenía su vida en su pueblo, al norte, en un país distinto, con su familia, con sus hijos y con su mujer.
Estaba seguro de que Ana desparecería para siempre después de aquella noche, después de tanta cobardía, pero, al levantarse y llegar a la cocina, vio que había dejado sus llaves. Sus llaves y una nota: “Tu casa en el sur, mi corazón”. No sabía qué hacer con todo aquello. El corazón le latía muy deprisa, las manos le temblaban. La luz entraba ambiciosa por todos los rincones de la casa. Esa luz que Ana había dejado en todos los rincones de su alma. Esa luz que no le dejaba pensar con claridad.
Se hizo un café en el silencio de la mañana, dispuesto a no pensar en nada. En la vida, hay quien toma decisiones y cambia de rumbo y quien piensa que siempre es demasiado tarde y es mejor dejarse llevar corriente abajo. Hay quien, así, encuentra aguas torrenciales al principio, excitantes y ensordecedoras, pero que siempre terminan confluyendo en aguas mansas, donde la calma te deja respirar tranquilo, pero raras veces te permite vivir.
Mientras esperaba a que el café terminara de subir, se dio cuenta de que seguía con las llaves colgadas del dedo gordo de la mano izquierda. Tan brevemente y ya habían pasado a ser una extensión de sí mismo.  Una ola de calor le subió por toda la espina dorsal, hasta la cara, hasta acelerarle de nuevo el pulso a ritmo incontrolable. Cerró el puño y abrazó las llaves. ¿Podría volver a casa como si nada después de todo aquello? ¿sería capaz de asumir que todo había terminado? Ana le había dejado sus llaves. Ana estaría esperándolo. Ana, Ana, Ana…Ana era el amor de su vida. Eso es lo único que tenía claro.
Terminó el café y se puso a recoger. Al montarse en el coche, el corazón seguía latiéndole muy deprisa y seguía algo aturdido, pero era hora de marcharse. Tenía que volver a casa, a su vida cotidiana, a su familia. Tenía que recomponer su cara, encontrar de nuevo la careta de siempre, la que no brilla de forma tan intensa como brilla ésta ahora mismo. Resuelto a no pensar en nada más, se convenció de que los latidos irían disminuyendo de frecuencia conforme se fuera alejando de aquel punto de encuentro.
Era un día especial, retorno de vacaciones nacionales. La salida de la autopista estaba completamente bloqueada. Empezó a impacientarse y puso la radio. En las noticias de mediodía hablaban de la operación retorno y de un camión que había volcado a pocos kilómetros de la salida norte. Rogaban paciencia y precaución a todos los conductores. Algunas gotas comenzaron a ensuciarle el parabrisas. Miró al cielo y vio apagarse el día. El tono gris oscuro predecía que aquellas gotas pronto se convertirían en una auténtica tormenta de verano. “Paciencia y precaución”, justo todo lo que le faltaba en ese momento.
Cambió las noticias por un poco de música y comenzó a llorar. Hay pocos momentos en los que un hombre de su generación pueda permitirse llorar en público, prácticamente ninguno. No lloraba nunca a no ser que estuviera solo. Solía refugiarse en el coche con la música muy alta y encender un cigarro, que no se fumaba, cada vez que sentía que el nudo en el estómago reventaría en lágrimas. Ahora, bloqueado en mitad de la carretera, completamente desbaratado, en su coche y a solas, rompía a llorar de nuevo. En el móvil, una llamada perdida y un mensaje de su mujer, pero ni rastro de Ana.
Al cabo de pocos minutos, comenzó a llover con fuerza y él dejó de llorar. Parecía que el atasco comenzaba a disolverse. Por fin podría emprender sin más trabas el camino de regreso a casa.
Llevaba ya varios kilómetros de circunvalación dirección norte y tráfico fluido cuando el chaparrón cesó. Justo a tiempo, levantó la mirada y se encontró de frente con el cartel de salida hacia la autopista del sur. En la radio comenzaba a sonar “Es caprichoso el azar” de Joan Manuel Serrat y sintió que la vida le daba vía libre para tomar una decisión desesperada de último minuto. Al frente o a la derecha. Salida sur: 500m. Respiró profundo, miró hacia el frente, agarró el volante con firmeza, puso el intermitente de la derecha y giró con todos y cada uno de los músculos de su cuerpo. Enfilaba la autopista del sur con la ilusión de un niño pequeño. Subió el volumen de la radio. La decisión estaba tomada.
Llegó a su destino tres horas después. Callejeó incansable por esa ciudad que le daba la bienvenida con un calor de fuego, a tono con el rojo intenso del atardecer más bonito que había visto en su vida. Dio con el barrio y dio con la calle, casi por instinto. Había dejado el corazón volar y le había llevado directo a ella.
Sabía donde Ana vivía y, más que eso, sabía donde podría encontrarla: en su bar favorito, rodeada de amigos, discutiendo incansable sobre política o sobre la última película que hubiera visto en el cine. Bebiendo cerveza y riendo, con esa risa que siempre recordaba en sus noches más tristes en el norte, sintiéndose completamente vencido al acostarse en una cama vacía, aunque en ella hubiera siempre dos personas.
Bajó del coche y dobló la esquina. La vio a lo lejos, tal y como la había imaginado. Ella lo vio venir y salió corriendo hacia él. No articularon palabra. Los ojos hablaron solos, las sonrisas, los brazos que se encontraron. Paulo y Ana se fundieron en un abrazo y en un beso eterno, casi como en las películas. Casi mejor, como en la vida real.



Trance inducido por la vibración de una nevera.


En el comedor de desayunos del hotel no hay nadie salvo ella. Es la primera habitante de la sala esta mañana. Ella y nadie más. Se siente extraña sin los besos de Juan ni la sonrisa de Clara, pero agradece la calma y el silencio. Si no fuera por la ebullición interior, pensaría que está de vacaciones.
El pelo recién lavado le chorrea por los hombros. Es verano, se consuela con saber que la humedad le salvará del calor atroz que se nos viene encima hoy. Huele a café recién hecho derramado sobre la moqueta. Sobre la barra del buffet, una cesta con pan, otra con tomates y varias botellas con aceite. Junto a la barra, una nevera que vibra. La nevera es pequeña, pero su vibración se hace fuerte entre el silencio más absoluto. Sube de intensidad y se concentra. Para cuando se sienta a desayunar, sola en la sala aún, ha entrado en una especie de trance inducido por la vibración.
Le tiembla el pulso. Intenta concentrarse en cortar el tomate, pero el cuchillo se resbala y le roza la piel. Si se cortase la mano ahora mismo, mientras corta este tomate, si empezara a sangrar y no pudiera controlarlo, si la herida fuese realmente profunda y la hemorragia no parase ni aun apretando la raja, si ahora mismo tuviera un accidente, completamente involuntario, si todo y nada dependiese absolutamente de ella y sólo de ella en este momento, si en vez de cortar el tomate, se cortase la mano, todos sus problemas acabarían en este preciso instante. No le haría falta inventarse ninguna excusa. Alguien vendría a decirle que es de vital importancia que se fuese corriendo al hospital, que necesita puntos, que el corte es demasiado feo. No le daría tiempo de llegar al examen y la culpa no sería suya. Sería algo del todo fortuito. Un accidente. Es cierto que para escribir sólo necesita la mano derecha, pero nadie va a examinarse de unas oposiciones cuando acaban de coserle la mano izquierda, aunque sea diestra. Nadie podría decirle nada en casa. No tendría que darles explicaciones ni a Juan ni a su madre. Sería la mala suerte y no ella, tomando una decisión errónea.
Esta vez, atina a hincarle el cuchillo a la carne equivocada y hace del tomate su primera rodaja. Segunda tentativa bien, tercera tentativa. Tres rodajas. Pongamos que llega al examen, lo suspende. Problema resuelto. Pero, pongamos que lo aprueba y que no saca plaza. O, peor aún, que lo hace. Toda su vida planificada, exactamente igual, de aquí hasta el final. Grapando documentos que no le interesan a nadie, fotocopiando formularios para guardarlos en una carpeta de expedientes desestimados. Ella, que siempre he hecho lo que le ha dado la gana sin rendir cuentas con nadie. Ella, autónoma fracasada.
Toma el cuchillo con algo más de confianza esta vez y aprieta la punta contra la palma de la mano. No siente nada. No es capaz de traspasar la barrera. Tiene más miedo al dolor que a la rutina. El cuchillo vuelve automáticamente al tomate. Cuarta, quinta rodaja. Los turistas del hotel van haciendo su aparición en la sala. Camisas de manga corta y bermudas. Calcetines y sandalias. Se le acaba el tiempo. Se encuentra a dos rodajas de dejar de tener la excusa perfecta.
Respira profundo y fija la vista en su mano y en su futuro. Un empleo de funcionaria está muy bien, pero ella en una oficina no respira. La vibración de la nevera ha sido sustituida en su cabeza por el sonido de una fotocopiadora láser impresora, por el golpe seco contra la mesa de una grapadora último modelo. Ya no sabe distinguir el ruido ajeno de los latidos de su corazón. Ensordecedores, le dan fuerzas para agarrar el cuchillo y, ahora sí, enfila con convicción la palma de la mano. Siente un dolor agudo in crescendo. La piel abierta. El asombro de lo absurdo. Una sensación nueva, cálida y viscosa, comienza a ser real al mismo tiempo que el sonido del móvil la saca brutalmente del trance. El tomate yace entero hecho rodajas sobre el plato, el cuchillo rodó hasta el suelo.
En la pantalla del teléfono aparece Juan, en videollamada, con Clara en brazos, todavía en la cama. Quiere creer que Clara le sonríe y se le ablanda una mueca de madre que no era consciente de que sabía poner, hasta ahora mismo. Le desean suerte para un examen que no quiere hacer, para un trabajo que no quiere tener, pero que es mejor que nada. Ahora que, desde hace un par de años, ya no es ella sola, ahora que hay dos personas más que conforman su mundo y que dependen parcialmente de ella, y viceversa, ha dejado de ser dueña absoluta de sus decisiones.
Su mano chorrea sangre y alguien se acerca a decirle que el corte es un poco feo, que quizás debería acercarse al hospital a que le echen un vistazo. Pero responde que no tiene importancia y se relía una servilleta del buffet del desayuno en su mano izquierda.
A la salida del hotel, la boca del metro. Y a la salida del metro, diez paradas después, la cita que ha estado intentando eludir durante todo el desayuno. Su mano ha dejado de sangrar y se detiene en la farmacia universitaria, a las puertas del campus. Unos cuantos puntos de esparadrapo, una venda estéril y nadie capaz de confirmar que este plan autolesivo y desesperado, urdido bajo el trance inducido por la vibración de una nevera, hubiera podido funcionar en ningún momento.